23 diciembre 2016

CANTABRICUS OCEANUS

Con el nombre con el que el Mar Cantábrico fue bautizado por los romanos, comienza esta larga serie de entradas, sobre diversos puntos de la geografía cántabra, que a lo largo de todo este tiempo, he pensado en compartir en este espacio, sin encontrar un momento oportuno. Pese a que uno es salmantino de nacimiento, a más de uno de los amigos e integrantes, de estos viajes ornitológicos, nos atrae con tal fuerza la belleza de los paisajes, las gentes, la cultura y la bravura del Cántabrico, que ya la hacemos nuestra patria chica. Por consiguiente aspecto y por la belleza de las especies, que hemos podido observar a lo largo de todos estos viajes, he creído oportuno compartir una pequeña gran muestra de nuestras vivencias cántabras, en este último año y medio. 

Comenzamos por tanto, por la primera de estas incursiones a Cantabria. A finales de Octubre de 2015, reservamos un total de 5 plazas, para una salida pelágica que partía desde el embarcadero de Santoña. Nuestro plan de viaje, si mal no recuerdo, aunque quizá no en el siguiente orden, consistió en observar detenidamente diversos puntos del Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, una pequeña observación desde el Faro de Cabo de Ajo y a la mañana siguiente la salida en barco y parada en las Marismas blancas de Astillero.

A nuestra llegada nocturna al alojamiento, ubicado en las cercanías de Arnuero, nos encontramos con nuestra primera sorpresa, pues dos de nuestras rapaces nocturnas ibéricas, nos recibieron a lo largo de la noche. En primer lugar, fue una pareja de Cárabo común (Strix aluco), la que con sus ululares fantasmagóricos marcaban ya sus territorios de cría y después la observación de una preciosa Lechuza común (Tyto alba) entrando a la torre de la iglesia. 

A la mañana siguiente, y con alguna dificultad para encontrar un lugar donde desayunar, a primerísima hora, partíamos hacia el Faro de Cabo de Ajo, con el objetivo de observar el tránsito de especies marinas, que al día siguiente disfrutaríamos durante la salida en barco. A increíbles distancias para ornitólogos de secano, pudimos observar el numeroso movimiento de Alcatraces atlánticos (Morus bassanus) y  Pardelas baleares (Puffinus mauretanicus) principalmente. 

Llegada al Faro de Cabo de Ajo.


Observación de aves marinas desde el Cabo de Ajo.




Más tarde, decidimos cambiar de zona y nos acercamos a la zona de marismas de Bengoa, cercana al polígono de Santoña. Aún sin bajar del coche, pudimos observar gran diversidad de anátidas y también a un enorme Gavión atlántico (Larus marinus) que descansaba en una torreta eléctrica. 


Como curiosidad, detectamos a dos Fochas comunes (Fulica atra) con partes leucísticas en su plumaje. Esto es debido a una anomalía que hace que parte o la totalidad del plumaje sea blanco. 


Entre la gran diversidad de anátidas, los Porrones moñudos (Aythya fuligula) y los Porrones europeos (Aythya ferina) junto a los Cisnes vulgares (Cygnus olor) se llevaban nuestra atención. Entre todos los Porrones Europeos detectamos un individuo que portaba una placa nasal de color verde con código negro CXC. 

Macho de Porrón europeo (Aythya ferina)


Macho de Porrón moñudo (Aythya fuligula)


Este macho de Porrón europeo que detectamos anillado, procedía del Sur de Francia, según se nos facilitó su historial. A lo largo de este viaje pudimos leer también varias anillas más, incluidas la de una Gaviota sombría, un Zarapito trinador, o una Aguja colinegra, por poner algunos ejemplos.



Nos llegaba la hora de pleamar y decidimos entonces poner rumbo al Paseo de Colindres, donde observamos la gran cantidad de limícolas, que se agolpaban en las pequeñas franjas de tierra y en los bloques de hormigón, a salvo de la subida de la marea. 

Vistas desde el Paseo de Colindres. (En el centro de la imagen, el Monte Buciero)


Después de la comida, acabamos la tarde en el Observatorio de la Arenilla, dónde disfrutamos de las continuas cebas, por parte de los Charranes patinegros (Sterna sandvicensis) a sus crecidos pollos y de la entrada de Garcillas bueyeras (Bubulcus ibis) en su nutrido dormidero.



Siguiendo a los bandos de Garcillas bueyeras, detectamos a un precioso Colirrojo real (Phoenicurus phoenicurus).



Con las idas y venidas de este precioso pajarillo y con la llegada de las garcillas bueyeras a su dormidero, llegó el momento de volver a descansar al alojamiento, para prepararnos, pues a la mañana siguiente, partiríamos en barco en busca de las aves pelágicas.

Una ínfima parte del dormidero de garcillas bueyeras.




Con los madrugadores cantos de los Mirlos comunes (Turdus merula), Petirrojos (Erithacus rubecula) y los últimos ululares de los Cárabos (Strix aluco) nos disponíamos a ir al embarcadero de Santoña, desde donde zarparía el barco. No sin antes, sorprender a dos duendes del bosque, los Corzos (Capreolus capreolus) que se alimentaban en unos prados cercanos.

Embarcación que nos llevaría hasta el límite de la plataforma continental.



Ya en el embarcadero de Santoña, la mañana amanecía cubierta totalmente de negros nubarrones, que junto a un viento de considerable fuerza con continuas lloviznas y un oleaje importante, hacían presagiar que quizá la salida se suspendería. Finalmente no fue así, y comenzamos a embarcar. Conforme dejábamos atrás la costa cántabra, se vislumbraban entre la bruma y la ventisca los enormes paredones del Monte Buciero. Íbamos avanzando, la lluvia cada vez era más intensa, la bruma solo dejaba apreciar los detalles que se encontraban a escasos metros a la redonda, la oscilación del barco cada vez era más notable, debido a la crecida de las numerosas y fuertes olas que rompían contra el casco de la nave. Con una sensación de estar entrando en una fuerte galerna, aparecieron las primeras Gaviotas patiamarillas (Larus michahellis) que como ángeles, volarían acompañándonos durante la singladura marinera.
 Todos los pasajeros intentábamos observar lo que aparecía fugazmente entre la densa bruma. De repente, cuando nos acercábamos al Faro del Caballo, una oscura silueta compacta de alas finas y puntiagudas, de ágil y rápido aleteo, surgió de entre la bruma, por la proa. Volaba de frente hacia nuestra embarcación, soportando en las plumas de las alas, los intensos golpes de la nerviosa e incesante lluvia, cuando ya mucho más cerca de nosotros, giró para deleitarnos con sus increíbles y gráciles movimientos, hasta fundirse con la oscura y alargada silueta inerte del Faro del Caballo. Se trataba de un adulto de Halcón Peregrino (Falco peregrinus), que estaba en busca de  los pequeños pajarillos migradores que llegan exhaustos después de su larga singladura.




Tal y como vino, desapareció entre la densa bruma. Continuamos nuestra expedición por "el Cantabricus oceanus", cuando el tiempo comenzó a abrir un poco, permitiendo una mayor visibilidad, aunque aún seguía lloviendo con fuerza y el frío era cada vez más notable.  Las primeras aves pelágicas comenzaron a cruzarse por los laterales del barco, siendo éstas una Pardela sombría (Puffinus griseus) y un Alca (Alca torda).

Pardela sombría (Puffinus griseus) con la playa de Isla al fondo.




Entre las gaviotas, comenzaban a sumarse a la fiesta algunas otras especies, como alguna Gaviota cabecinegra (Larus melanocephalus) y también la fugaz observación de un individuo de Gaviota tridáctila (Rissa tridactyla).

Ejemplar de Gaviota tridáctila (Rissa tridactyla).




En seguida, comenzaron a acercarse al tumulto de gaviotas, algunos cuantos Alcatraces atlánticos (Morus bassanus) que sin duda alguna cautivaron a muchos de los pasajeros con sus bellas formas, sus ojos de un intenso color azul  y sus espectaculares picados.

Dos alcatraces de diferentes edades, volando conjuntamente.



Absortos con los trenes de Alcatraces, nos sorprendió la observación de una bandada de Negrón común ( Melanitta nigra) que se internaba hacia mar adentro.


Una vez alcanzamos el punto máximo de nuestro viaje, unas 10-12 millas alejados de la costa, las nubes comenzaron a disiparse, la bruma desapareció por completo y el sol hizo acto de presencia. Aspecto, éste, que hizo deleitarnos aún más con lo que observaríamos en el viaje de vuelta.

Los alcatraces cada vez más numerosos, nos permitían apreciar dos aspectos muy llamativos de la especie. En primer lugar, las grandes variaciones de plumaje que muestran las diferentes edades y en segundo lugar, el curioso comportamiento de aviso, que muestran los individuos cuando se lanzan en picado contra las bravas y frías aguas del Cantábrico. 

Alcatraz con plumaje juvenil.


Alcatraz con plumaje intermedio. 



Alcatraz con plumaje de adulto.



Alcatraz inmaduro.


Los alcatraces, como muchas otras aves marinas, aprovechan las brisas para evitar un mayor gasto de energía y reservas. En este caso, estas bellas veletas blanquinegras (en el caso de ser adultos), se dejan llevar sin prácticamente utilizar sus alas para impulsarse, girando en torno a nuestra embarcación, para después de un ligero repunte, coger altura, y dejarse caer a plomo contra las aguas marinas. En el último momento, casi cuando el pico entra en contacto con el agua, pliegan sus largas y estrechas alas contra el cuerpo, para así evitar una pérdida de aerodinámica, cuando bucean como torpedos en busca de sus presas, ya bajo el agua.
Sin embargo, los que estaréis leyendo ahora mismo la entrada, pensaréis como un ave del tamaño de un alcatraz,  no sufre ningún daño o incluso no se mata, al impactar contra el espejo de las aguas salinas. La explicación se observa en la anatomía evolutiva de su cuerpo y en la forma en la que se precipita contra las aguas. Unas alas largas y estrechas para una sustentación rápida en el aire, un cuerpo en forma de lanza y un pico sin fosas nasales, además de un cráneo adaptado a tales efectos, hacen que el impacto y el cambio de presión no ocasione una lesión, que sería mortal para el ave.
 El comportamiento curioso que observamos, es que el ave, justo antes de iniciar el último tramo del picado, avisa mediante la repetición de unos fuertes sonidos guturales, con el objetivo de no impactar con otro ave que o bien esté en la superficie o bien con otro alcatraz que surge del agua con su presa.


1. Toma de la suficiente altura para iniciar el picado.



2. Aviso gutural mientras desciende y comienza a plegar las alas.


3, Inicio del picado, este puede ser horizontal o vertical.





4. Pliega las alas contra el cuerpo, haciendo el mínimo contacto con las aguas para que el golpe no sea tan brutal.




Sin embargo y pese a la belleza de estos lances, no todo eran alcatraces y poco a poco surgían entre las olas del Cantábrico numerosos bancos de Pardelas sombrías (Puffinus griseus), baleares (Puffinus mauretanicus), e incluso pudimos observar una fugaz Pardela capirotada (Puffinus gravis).


Pardela capirotada (Puffinus gravis)



Pardela sombría (Puffinus griseus)



Pardela balear (Puffinus mauretanicus)




Observando las rápidas pardelas, surgió a escasos metros de la embarcación y por un instante la aleta de un Pez luna, para más tarde al levantar de nuevo la vista al lejano horizonte detectar un Págalo grande (Catharacta skua) que venía entre el tumulto de gaviotas, que formaban una bonita estela tras la popa.





Con su gran tamaño y sus características ventanas alares, era relativamente fácil de observar, mientras acosaba a las gaviotas. Para el que no lo conozca, los págalos son como las aves rapaces del mar. Generalmente son oportunistas, aprovechándose de las capturas de otras aves, como álcidos y gaviotas, que los primeros mediante persecución consiguen arrebatarlos.

Después de observar uno de los dos págalos grandes de toda la salida, pudimos observar otros dos individuos de otra especie de págalo. Con una estructura mucho más estilizada y alargada, y con un vuelo quizá más ligero y rápido que el grande, pudimos observar a estos dos ejemplares de Págalo parásito (Stercorarius parasiticus), de diferentes edades.




 Después de este boom de págalos y pardelas, aún tuvimos la suerte de observar alguna otra especie distinta, como un fugaz Charrán ártico (Sterna paradisaea) volando también hacia mar abierto. Los págalos seguían animando el viaje, que ahora se hacía de forma mucho más agradable, puesto que el sol comenzaba a calentar la fría mañana y la lluvia había cesado, si bien el oleaje aún seguía siendo muy importante.



Cuanto más nos acercábamos a la costa, menor era el número de especies pelágicas que se observaban. Ante la popa de nuestra embarcación, ya sólo observábamos una buena concentración de gaviotas y algunos alcatraces que seguían lanzándose en picado a escasos metros de nosotros. De pronto uno de los alcatraces adultos que formaban parte de ese escuadrón de pesca y captura, me llamó la atención. Estaba anillado con una anilla metálica que  como es lógico nos fue imposible leer, pero aquí no acaba su historia. Pasado un tiempo, cuando me puse a revisar las fotografías, pude observar que este alcatraz tenía una afección en su ojo derecho. Se me asemejaba a una catarata, que para nada impedía a este individuo hacer los tremendos y bellos picados que caracterizan a su especie. Sin embargo, y esto es puramente un aspecto personal, estábamos en ese momento ante un pirata del Cantábrico, un pirata del Atlántico Norte, un bello ejemplar que seguramente sería ya bastante viejo y que habría surcado el gran Océano Atlántico. Pues por increíble que parezca esta especie tiene sus cuarteles de invernada en las costas atlánticas africanas, en pleno Océano Atlántico Sur y sus colonias de cría más importantes se encuentran en el norte de Europa, en el Océano Atlántico Norte.





Ya adentrándonos en el Monte Buciero, las tornasoladas luces del sol nos mostraban las verdaderas bellezas de sus acantilados, y como despedida de la expedición en barco, otra vez un ejemplar de Halcón peregrino ofreció un lance de caza, capturando finalmente a un avecilla.

Había que volver a Salamanca y el día no daba para más, por lo que con estos últimos recuerdos inmortalizados de nuestra primera salida en barco, para observar especies pelágicas, me despido, esperando no haber alargado en exceso la entrada y con ganas de narraros nuestro siguiente viaje al Cantábrico. Un Cantábrico, que sin duda es uno de los grandes tesoros, que bañan nuestro norte peninsular, y que espero, que en las próximas entradas podamos disfrutar y conocer a muchos de sus piratas errantes y siluetas aladas que se esconden entre sus horizontes cambiantes.







Por último, felicitaros las fiestas navideñas y desearos un feliz y próspero año nuevo, de la mano de esta pequeña belleza, el Zampullín cuellinegro.



1 comentario:

  1. Acabo de descubrirte. Enhorabuena; ya tienes un seguidor más. Un saludo.

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